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Apostó por los dulces tradicionales. Para mantener a
sus hijos decidió capitalizar su habilidad
en la repostería.
A
los 26 años, Gloria Balarezo, tenía tres
hijos y se había separado. No le quedó
otra. Se sacó el delantal de casa y comenzó
a buscar trabajo en el periódico. Lo
consiguió. Era el puesto de vendedora en
una empresa de carteras de cuero. Obtuvo éxito
en las ventas al por mayor, pero Gloria no
se conformaba. Como los postres le salían
muy bien (su abuela le enseñó varios
secretos cuando vivía en Pacasmayo, comenzó
a venderles a sus vecinas. Y como la demanda
creció, abrió una dulcería en
Balconcillo. Atendía de lunes a domingo.
"Luego de vender las carteras iba a
casa a preparar los pasteles, mis uñas
estaban rotas, mi espalda cansada, pero mis
hijos me ayudaban y me alentaban".
Pronto
necesitaron más manos que amasen y luego, más
manos que cobren. Entonces abrieron su
tienda Manjares, de dulces peruanos en la
avenida Aviación, en San Borja, y la
siguiente, a pocas cuadras de allí.
¿Su
secreto? Ofrecer dulces tradicionales que ya
no se consiguen fácilmente como ranfañote
y revolución caliente. Sus hijos siguen en
el negocio y el mayor es el gerente general.
Cuando la empresa creció, ella prefirió
ser la jefa de comercialización porque
"lo mío es la venta, la calle, si me
pones en un escritorio me muero".
Fuente:
EL COMERCIO – Suplemento “Mi Negocio”
Fecha:
08 de julio 2007
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