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Empezó
en Lima Norte en los años 80. Hoy tiene
cuatro locales propios y una franquicia que
empieza a despegar.
Hace
21 años, cuando Lima Norte todavía no era
una alucinación de prosperidad, Miguel
Ángel Castillo veía un futuro prometedor.
En verdad lo notó desde que empezó a
trabajar con su padre en la venta mayorista
de abarrotes. En la Av. Habich, San Martín
de Porres, ellos tenían un depósito y una
cochera para el negocio familiar. Miguel
Ángel Castillo era el encargado de repartir
los productos incluyendo Independencia y
Comas. En los años 80, él y otros
distribuidores eran agasajados en
restaurantes exclusivos, como una forma de
agradecimiento de sus proveedores.
"Cada vez que yo iba, en
representación de mi padre, sentía que
quería un negocio así: un restaurante para
grupos grandes de amigos y familias". A
los 22 años y con algunos ahorros, Castillo
le pidió a su padre que le cediera la
cochera de 200 m2 para poner su negocio
propio (al fin). "Tuve restricciones:
no poner una cebichería ni un local de
comida criolla, porque dos tíos tenían
esos negocios... ¡Y de chifa no tenía ni
idea! Así que las parrillas que conocí en
un viaje a Argentina fueron mi punto de
partida", recuerda .
Así,
en 1987 nace Las Canastas. Solo trabajaban
cinco personas: dos cocineros, dos mozos y
Castillo era el cajero. Sus primeros
clientes fueron empresarios de San Martín
de Porres que hacían grandes 'juntas' en
dólares como una forma de ahorro. Ellos se
reunían en Las Canastas y el que se llevaba
el pozo, pagaba la cuenta. Para masificar su
local y hacerlo más rentable, Castillo tuvo
que añadir los infaltables pollos a la
brasa desde la hora de almuerzo.
"Busqué que Las Canastas fuera un
restaurante que ofreciera dentro de su carta
pollo a la brasa, pero que no fuera una
pollería nada más. Eso significaba mejorar
la atención en mesa y solo vender cervezas
pequeñas para alejar a los que querían
emborracharse", agrega. Con la
cercanía de la UNI y la Universidad
Cayetano Heredia diversificó sus clientes y
descubrió --gracias a una base de datos--
que muchos estudiantes y profesores vivían
en La Molina.
Diez
años después, inauguró su segundo local
de Las Canastas en Santa Patricia. "La
idea fue seguir a ese público", dice
Castillo. Allá les preguntaban: ¿Es el
mismo Las Canastas de Habich?. En realidad
el sabor era el mismo, pero la presentación
se volvió más prolija, tanto en mesa como
en el servicio delivery. "En La Molina
cambiamos las bolsas de salsas por
pirotines, cambiamos el tecnopor por cajitas
de cartón, en fin, detalles que hacían la
diferencia". La aceptación los obligó
a crecer de 24 a 40 mesas en ambos locales.
En
el 2002, con el éxito del Cono Norte,
abrieron en el Royal Plaza (Independencia).
"En ese local obtuvimos el ansiado
estándar. Así nos atrevimos a entrar, al
año siguiente, al Óvalo Higuereta, un
mercado muy consolidado". Allí, Las
Canastas recibió una publicidad inusual: la
gente que trabajaba en la zona los
reconocía de Habich y del Royal Plaza. Una
marca había nacido. Para el 2007 Las
Canastas se convirtió en franquicia, lo que
permitió abrir tres locales en menos de
medio año: Miraflores, Magdalena y San
Miguel. Fue la mejor opción para crecer.
LAS CLAVES
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Servicio
por encima de todo. Existe un
público que no sacrifica el sabor por
el precio. Sin depender del distrito,
todos desean ser bien tratados.
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Nunca
decir no. Uno se adecúa a los
clientes de cada zona, no al revés.
Así aceptamos pedidos de refrigerios y
raciones de noche para los que hacían
horas extra en las empresas.
-
Capacitarse.
Entender que yo no tenía jefe me
obligó a capacitarme y a tomar
decisiones rápidas en los cambiantes
años 90.
Fuente:
EL COMERCIO – Suplemento “Mi
Negocio"
Fecha:
24 de feberero 2008
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